El átomo, último regalo del diablo. Una ruptura más allá de la física

en

Cuando Marshall Berman enmarcaba a Fausto como la imagen del hombre moderno, y sus tragedias como el reflejo de las tragedias del desarrollo, nos mostraba que la revolución modernista no había concluido, lo moderno no deja de ser una compleja idea como lo manifiesta Cruz Kronfly, en la que los “procesos económicos, culturales y políticos que se pusieron en marcha con el Renacimiento y durante los siglos subsiguientes, incluido el Proyecto de la Ilustración, la Revolución Industrial y todo lo que de allí se derivo” (Cruz Kronfly 10), llevó a la sociedad rumbo a la especialización, a la producción eficiente y a nuevas formas de control social. El Proyecto de la Ilustración generó una ruptura cultural en la que predominó la secularización del pensamiento, el desarrollo científico y la especialización de la técnica, “se instauró el prestigio de la Razón y de los métodos racionales del conocimiento” (12). Así sucedió, hasta que Mefistófeles le entregó su último presente a Fausto; el átomo, como último regalo del diablo.
“Fausto comienza en una época cuyo pensamiento y sensibilidad son modernos de una manera que los lectores del siglo XX pueden reconocer inmediatamente, pero cuyas condiciones sociales y materiales son todavía medievales” (Berman 30), y termina en la agitación de la revolución industrial, y del triunfo total de la Burguesía, Fausto nos parece un ser contemporáneo y actual, inmerso en aquel mito del progreso, que “se fundamenta en el imaginario según el cual el alma humana es un algo perfectible, […] continuo y acumulativo a lo largo de la historia, no sólo del sujeto sino de la humanidad” (Cruz Kronfly 21). ¿Serán entonces las mismas condiciones; las de Fausto y en las que vivimos, que nos impiden por su cercanía apreciar que hemos cambiado de época? Nos encontramos inmersos en ese espacio inapreciable de los acontecimientos, en el proceso histórico es difícil apreciar el cambio de una época a otra, cuando el hecho histórico no se encuentra claramente identificado.
Eric Hobsbawm en su Historia del Siglo XX, inicia con un titulo revelador, La era de las catástrofes; ese periodo de la primera mitad del siglo XX en el que el mundo se encontró sumergido casi hasta el ahogamiento en la guerra; Podría decirse que el Proyecto Ilustrado se llevo al límite, al punto de empeñarse en la aniquilación del ser humano, fenómenos como el autoritarismo y el asesinato categoríal dan cuenta de ello.
Bauman nos muestra como la técnica, llego al punto de especializar el genocidio y, el desarrollo científico proclamó la supremacía de las razas; el siglo XX inició con un nuevo proceso civilizador, en él se confiaba la capacidad humana para mejorar la naturaleza, proclamando su superioridad a partir de la razón, esto justificaba al estado moderno para llevar a cabo actividades de limpieza, para lo cual “la aniquilación física de hombres, mujeres y niños por su simple pertenencia (real o atribuida) a una categoría de personas indigna del orden pretendido” (Bauman 118), era suficiente para dictarles una sentencia de muerte.
Hannah Arendt en sus estudios sobre Los Orígenes del Totalitarismo, nos recuerda “el genocidio del pueblo judío por los nazis y el aniquilamiento de millones de campesinos rusos a manos de los bolcheviques estalinistas, la persecución y destrucción de todo movimiento político democrático” (Arendt 14), en sí, los indicios de como se acercaba el fin del Proyecto Ilustrado. La idea de mayoría de edad de Kant, nacida con la ilustración, se vería frustrada de forma irreparable al llegar a su adolescencia.
El mundo se movilizó en contra del enemigo común, se debía detener al denominado Eje del mal, particularmente: Alemania y Japón. El ejercito ruso liberó a Europa y el estadounidense liberó el infierno. Así como Fausto obsesionado con los tilos que le impedían contemplar la lejanía, allí donde habitaban Filemón y Baucis, y donde no midió el alcance de sus deseos; allí desde lo alto, el testigo de lo sucedido cantó: “!qué horror tan espantoso / surge entre las tinieblas¡ / Veo las chispas centellar / tras la doble noche de los tilos; / un fuego se agita con creciente rabia, / atizado por los vientos” (Goethe 11305). De la misma manera Oppenheimer declararía: “Me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”. Según Hobsbawm “nunca la faz del planeta y la vida humana se han transformado tan radicalmente como en la era que comenzó bajo las nubes en forma de hongo de Hiroshima y Nagasaki” (Hobsbawm 181).
Según Foucault hablando de la humanidad y la ilustración en Kant y su mayoría de edad, vista como “un cambio histórico que afecta la existencia política y social de todos los hombres sobre la tierra”, en la que deben existir “dos condiciones esenciales para que el hombre salga de su estado de tutela. Estas dos condiciones son, a la vez, espirituales e institucionales, éticas y políticas” (Foucault 18). En el fin de los tiempos del Proyecto Ilustrado, nos preguntamos por esas condiciones, que sin duda se desvanecieron como la piel expuesta al calor y a la radiación; convertida en polvo, que desapareció esparcida por el viento, y sepultada bajo la lluvia hecha de goterones de barro radioactivo.
No parece existir justificación alguna del lado de la razón, ni del espíritu, que permita entender como la carga del bombardero B-29, Enola Gay, produjo el primer genocidio nuclear en la historia de la humanidad, las dos bombas atómicas en un instante le arrancaron la vida a 220.000 seres humanos y la radiación posterior se llevó otras tantas miles de almas, en diversas formas de cáncer.
El mundo globalizado, en un instante se transformó. La gran alianza antifascista al aniquilar a su enemigo común, dividió los restos y repartieron los despojos de un mundo abrazado a la desesperanza. En versos de Dante, ante las puertas del infierno, lasciate ogni speranza, voi ch’ entrate, “Vosotros, los que entráis, dejad aquí toda esperanza” (Dante Alighieri 31). Así la humanidad del siglo XX evaporó el Proyecto de la Ilustración y el sueño de llegar a la mayoría de edad de Kant. La idea del desarrollo dividió al mundo en tres, el primer mundo del capitalismo, el del comunismo y los parias indecisos tercermundistas. Las artes en el mundo abrazaron las Vanguardias, los imperios conocidos llegaron a su fin, una nueva Guerra Fría, silenciosa y en boca de todos, nos mantendría en riesgo por otros cuarenta años.
Algunos pensadores como Habermas consideran que esta ruptura del mundo en el siglo XX, es una etapa de la cual la humanidad debe aprender; en su discurso La modernidad: un proyecto incompleto, nos dice: “Creo que en vez de abandonar la modernidad y su pro­yecto como una causa perdida, deberíamos aprender de los errores de esos programas extravagantes que han tratado de negar la modernidad”. Esto fue en 1980, sin embargo en el prefacio de su libro El discurso filosófico de la modernidad de 2008, expresa:
“La modernidad: un proyecto inacabado” fue un discurso que pronuncié en 1980 al recibir el premio Adorno. Este tema controvertido y rico en facetas no me ha abandonado desde entonces. Sus aspectos filosóficos penetraron más profundamente en la conciencia pública al traducirse las obras de los neoestructuralistas franceses, y también se ha generalizado el termino de batalla “posmodernidad” a raíz de una publicación de F.Lyotard. El desafío que representa la crítica neoestructuralista a la razón constituye, por tanto, la perspectiva desde la que trato de reconstruir paso por paso el discurso filosófico de la modernidad (Habermas 9).
Parece irónico que el discurso filosófico de Habermas requiera reconstruirse, ya por ese camino ha transitado el discurso científico y técnico, desde la reconstrucción de la devastada Europa y de la desesperanzada isla de Japón.
La condición postmoderna de Lyotard, se refiere entonces, inicialmente al lenguaje que ha permitido los avances en la ciencias: “El saber científico es una clase de discurso. Pues se puede decir que desde hace cuarenta años las ciencias y las técnicas llamadas de punta se apoyan en el lenguaje” (Lyotard 14). El lenguaje y el discurso, como todo documento de civilización, en palabras de Walter Benjamin, “es también un documento de barbarie”.
O acaso, qué tipo de lenguaje nos permitiría entender que actualmente demos por sentado la existencia de una sociedad de consumo. Históricamente toda sociedad se ha basado en un conjunto de normas y modelos que han estructurado una moral, un conjunto de reglas a seguir, que propenden por el desarrollo de la civilización, concepto que según Norbert Elias “se refiere a hechos muy diversos: tanto en el grado alcanzado por la técnica como al tipo de modales reinantes, al desarrollo del conocimiento científico, a las ideas religiosas y a las costumbres” (Elias 83).
¿Cómo puede considerarse entonces, el consumo como un valor moral en el cual sustentar una sociedad? El discurso actual no es entonces el deber sino el querer, es el campo de la posmoralidad. Así como lo expresa Lipovetsky, la época posmoralista es aquella en la cual “la cultura cotidiana está dominada no sólo por los objetos, […] sino también por la información: la lógica de relegación de la retórica del deber es hija del consumo y de la comunicación de masas”, ya no se creé en la exigencia de una educación moral, “en la que inculcar principios morales superiores no es más que un objetivo marginal de la educación dada a los niños” (Lipovetsky 52,129).
Parece entonces que ningún otro presente dado a los seres humanos desde el descubrimiento de las nuevas tierras en el el Renacimiento (China, la India y América, en los siglos XV y XVI) habían generado tal grado de transformación en la civilización y la cultura, hasta el punto de reorganizar políticamente la totalidad del planeta.
Nunca antes la humanidad, quizás desde los tiempos de la peste negra, había tenido el temor a la total aniquilación, como el miedo que durante los últimos cincuenta años propone la devastación producto de un conflicto nuclear. No habíamos presenciado la imparable velocidad con que la tecnología impulsada por el poder del átomo, en tan solo un par de generaciones ha convertido el sueño en realidad.
Todo esto nos lleva sin duda a la generación de más preguntas y temores, es evidente que los miedos de la humanidad no encontrarán consuelo; simplemente hallarán una forma de aceptación. Según Luis Enrique Alonso en su estudio preliminar de la obra de Baudrillard “los avances tecnológicos auguran una carrera sin sentido, un final tétrico, provocado por una explosión interna ante la falta de referencias a la que esta sometido el hombre moderno”, entonces según Baudrillard, sólo queda pensar en que: “Dios ha muerto, Marx ha muerto, el hombre ha muerto, la economía ha muerto, sólo prevalece el caos de las apariencias” (Baudrillard L).
La ruptura del átomo libero una energía transformadora que altero nuestro universo cultural, es difícil pensar que la modernidad ha dado paso a otra época, el termino no lo hace fácil, quizás no debimos llamarnos modernos, sino posmedievales, así posiblemente no encontraríamos tan abismales las contradicciones de nuestro tiempo.

Referencias bibliográficas.
Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Alianza, 2006. Impreso.
Baudrillard, Jean. La Sociedad de consumo: sus mitos, sus estructuras. Trans. Alcira Bixio. Madrid: Siglo XXI, 2009. Impreso.
Bauman, Zygmunt. Mundo-consumo: ética del individuo en la aldea global. Ed. Albino Santos Mosquera. Barcelona; México: Paidós, 2010. Impreso.
Berman, Marshall. Todo lo sólido se desvanece en el aire: la experiencia de la modernidad. Mexico: Siglo XXI, 1989. Impreso.
Cruz Kronfly, Fernando. La tierra que atardece: ensayo sobre la modernidad y la contemporaneidad. Bogotá, Colombia: Planeta Colombiana Editorial : Editorial Ariel, 1998. Impreso.
Dante Alighieri. Obras completas de Dante Alighieri. Trans. Nicolás. González Ruiz. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 1994. Impreso.
Elias, Norbert. El proceso de la civilización / The Process of Civilization Investigaciones Sociogenéticas Y Psicogenéticas / Research and Psychogenetic Sociogenetic. Fondo de Cultura Económica, 2010. Impreso.
Foucault, Michel. “¿Qué Es La Ilustración?” Trans. Álvaro Forero. Señal que cabalgamos 5 (2002): n. pag. Impreso.
Goethe, Johann Wolfgang von. Fausto: una tragedia = Faust : eine tragödie : partes I y II. Ed. Albrecht Schöne. Trans. Pedro Gálvez. [Barcelona: Debolsillo, 2013. Impreso.
Habermas, Jürgen. El discurso filosófico de la modernidad. Buenos Aires; Madrid: Katz, 2008. Impreso.
Hobsbawm, E. J. Historia del siglo XX. Buenos Aires: Crítica, 2011. Impreso.
Lipovetsky, Gilles. El crepúsculo del deber: la ética indolora de los nuevos tiempos democráticos. Barcelona, Spain: Editorial Anagrama, 1994. Impreso.
Lyotard, Jean-François. La Condición postmoderna: informe sobre el saber. Barcelona: Planeta-Agostini, 1993. Impreso.

Jimmy Efraín Morales Roa (marzo – 2015)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *