Poesía y realidad

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El sueño y la realidad, este eterno debate no deja de confundirnos y sorprendernos; a pesar de las múltiples disertaciones científicas y filosóficas alrededor de este tema, seguimos preguntándonos que es irreal y que no, aunque posiblemente la pregunta debería formularse en determinar en que se diferencian; la poesía puede interpretarse como una invención humana capaz de convertir la linea divisoria de estos dos elementos en algo particularmente imperceptible, con la habilidad de pasearse entre ambos universos, la convierte en referente de la condición humana, su pensamiento y momento histórico.

A lo largo del tiempo, los poetas han sido parte de la conservación de la memoria en las diferentes culturas, nuestra percepción del mundo griego no sería la misma, si no existiesen escritos como la Ilida, o la Odisea, ambas obras escritas en verso, poemas creados con la intención de recordar permanentemente a los héroes y lo que estos significaban para su sociedad.

Pero no solamente las características nemotécnicas de las construcción poética, mediante el ritmo o la rima hicieron de estos poemas obras inmortales, la necesidad de transmitir y preservar los relatos históricos y, hacer de estos una herramienta moralizadora, permitieron su divulgación y conservación.
La poesía se ha transformado constantemente, cada momento en la historia de los seres humanos trae consigo un entorno particular, que llena de diversas sensaciones a los poetas y estos a su vez expresan en sus versos este sentir, un grito de su realidad interior, su forma de comprender el mundo y darlo a entender a los demás.

Quizás uno de los poetas más significativos del siglo XIX como Charles Baudelaire pueda explicar como la manifestación poética refleja ese espíritu propio de su tiempo. Paul Valéry lo catalogó como uno de los poetas malditos, un incomprendido de su época, que manifestó en su obra, una realidad invisible, ajena, individual, propia de los demonios que transitan en la modernidad.

La obra de Baudelaire se encuentra enmarcada en en el contexto del progreso, donde todos nuestros inventos y progresos parecen dotar la vida intelectual a las fuerzas materiales, mientras que reducen la vida humana al nivel de una fuerza material bruta (Berman, 1989, p. 153), donde lo científico perméa una sociedad deseosa de nuevas técnicas, la arquitectura de la mano de acero y del hierro transforman el rostro de las ciudades, que a su vez se acercan y unen por aquellas líneas paralelas de los ferrocarriles, el aire de la industrialización marca entonces, en palabras de Valéry: una notable voluntad de aislar definitivamente la Poesía de cualquier otra esencia ajena; no es por tanto sorprendente ver como se inicia en Baudelaire ese intento de una perfección preocupada sólo de sí misma. (Valéry, 1990, p. 12)

Esto se ve reflejado en Au Lecteur (i) primer texto de su obra Les fleurs du mal , en el que nos muestra su visión de una sociedad sumergida en los vicios del progreso, que al parecer muy pocos perciben. En este, resaltan elementos propios de las culturas griega y egipcia, así como el contexto satánico empleado por muchos románticos como símbolo literario; gracias a la oscuridad, las rarezas que tanto se le reprocharon; la apariencia de relaciones demasiado íntimas con las literaturas inglesa, eslava o germánica (p. 14), empleadas como provocación y remembranza que la ciencia y la conciencia llevan en sí, algo de satánico, en la que el mundo se rige por la intervención de fuerzas malvadas y que por lo tanto no puede ser más que el producto de un dios igualmente malvado y cruel.

Au Lecteur

La sottise, l’erreur, le péché, la lésine,
Occupent nos esprits et travaillent nos corps,
Et nous alimentons nos aimables remords,
Comme les mendiants nourrissent leur vermine.

Nos péchés sont têtus, nos repentirs sont lâches;
Nous nous faisons payer grassement nos aveux,
Et nous rentrons gaiement dans le chemin bourbeux,
Croyant par de vils pleurs laver toutes nos taches.

Sur l’oreiller du mal c’est Satan Trismégiste
Qui berce longuement notre esprit enchanté,
Et le riche métal de notre volonté
Est tout vaporisé par ce savant chimiste.

C’est le Diable qui tient les fils qui nous remuent!
Aux objets répugnants nous trouvons des appas;
Chaque jour vers l’Enfer nous descendons d’un pas,
Sans horreur, à travers des ténèbres qui puent.

Ainsi qu’un débauché pauvre qui baise et mange
Le sein martyrisé d’une antique catin,
Nous volons au passage un plaisir clandestin
Que nous pressons bien fort comme une vieille orange.

Serré, fourmillant, comme un million d’helminthes,
Dans nos cerveaux ribote un peuple de Démons,
Et, quand nous respirons, la Mort dans nos poumons
Descend, fleuve invisible, avec de sourdes plaintes.

Si le viol, le poison, le poignard, l’incendie,
N’ont pas encor brodé de leurs plaisants dessins
Le canevas banal de nos piteux destins,
C’est que notre âme, hélas! n’est pas assez hardie.

Mais parmi les chacals, les panthères, les lices,
Les singes, les scorpions, les vautours, les serpents,
Les monstres glapissants, hurlants, grognants, rampants,
Dans la ménagerie infâme de nos vices,

II en est un plus laid, plus méchant, plus immonde!
Quoiqu’il ne pousse ni grands gestes ni grands cris,
Il ferait volontiers de la terre un débris
Et dans un bâillement avalerait le monde;

C’est l’Ennui! L’oeil chargé d’un pleur involontaire,
II rêve d’échafauds en fumant son houka.
Tu le connais, lecteur, ce monstre délicat,
– Hypocrite lecteur, – mon semblable, – mon frère!

[La necedad, el error, el pecado, la tacañería, / Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos, / Y alimentamos nuestros amables remordimientos, / Como los mendigos nutren su miseria. / Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes; / Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones, / Y entramos alegremente en el camino cenagoso, / Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas. / Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto / Que mece largamente nuestro espíritu encantado, / Y el rico metal de nuestra voluntad / Está todo vaporizado por este sabio químico. / ¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven! / A los objetos repugnantes les encontramos atractivos; / Cada día hacia el Infierno descendemos un paso, / Sin horror, a través de las tinieblas que hieden. / Cual un libertino pobre que besa y muerde / el seno martirizado de una vieja ramera, / Robamos, al pasar, un placer clandestino / Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja. / Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos, / En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios, / Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones / Desciende, río invisible, con sordas quejas. / Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio, / Todavía no han bordado con sus placenteros diseños / El canevás banal de nuestros tristes destinos, / Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada. / Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos, / Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes, / Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes / En la jaula infame de nuestros vicios, / ¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo! / Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos, / Haría complacido de la tierra un despojo / Y en un bostezo tragaríase el mundo: / ¡Es el Tedio! — los ojos preñados de involuntario llanto, / Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa, / Tú conoces, lector, este monstruo delicado, / —Hipócrita lector, —mi semejante, —¡mi hermano!](Baudelaire, 1991, p. 74)

Es inútil hablar de la imposibilidad o no, de la traducción de los textos poéticos, los diferentes traductores crean diversas variaciones, intentan plasmar en estas, los significados que sólo pueden considerarse reales en la mente del escritor, algunos, conservan las formas tradicionales del Verso francés; eliminando las descripciones, las sentencias, las moralidades, las precisiones arbitrarias; purgaban su poesía de casi todos esos elementos intelectuales que la música no puede expresar. Otros daban a todos los objetos significaciones infinitas que suponían una metafísica oculta (Valéry, 1990, p. 15), proveniente del aparente conocimiento de la psiquis del autor.
¿Pero que tipo de pensamiento existe entonces alrededor de la poesía?, Valéry hace una reflexión a quienes la determinan de manera práctica como Pensamiento abstracto. Se dice rápido, y enseguida creemos haber dicho algo lo bastante claro y lo suficientemente preciso para avanzar sin reparos (p. 71), sin la necesidad de volver sobre nuestras experiencias; sobre nuestra memoria, sobre la historia, y partiendo de la infinidad de variables que pueden existir para construir una teoría o establecer una discusión en la que pueda de alguna manera establecer la relación metafísica del poeta con su entorno y su pensamiento.

Los poetas modernos intentan producir en nosotros un estado, y llevar este estado excepcional al punto de un goce perfecto (p. 17), en el que se pueda transmitir las sensaciones, y es en este apartado, donde las traducciones a otros idiomas hacen que cambien de perspectiva las formas poéticas, el verso y su estructura pasa a un segundo plano, la intención se transforma en transmitir la emoción, en llevar consigo el deseo que no puede ser ilusorio. Nada es más específicamente real que un deseo (p. 18). Aquí la capacidad singular de la poesía en la que puede tomarse la libertad de transgredir los conceptos de realidad e irrealidad.
La dualidad de conceptos no solamente invoca a la realidad, la poesía es capaz de navegar por elementos aparentemente divergentes, como la justicia e injusticia, en este campo Baudelaire explora estos componentes en la octava estrofa de Lesbos, en esta aparece un elemento emocional como lo es el amor, capaz de moverse entre el bien y el mal, lo justo y lo injusto, entre el cielo y el infierno.

Que nous veulent les lois du juste et de l’injuste ?
Vierges au coeur sublime, honneur de l’Archipel,
Votre religion comme une autre est auguste,
Et l’amour se rira de l’Enfer et du Ciel !
Que nous veulent les lois du juste et de l’injuste ?

[¿Qué quieren de nosotros las leyes de lo justo y de lo injusto? / ¡Vírgenes de corazón sublime, honor del archipiélago, / Vuestra religión como otra cualquiera es augusta, / Y el amor se reirá del Infierno y del Cielo! / ¿Qué quieren de nosotros las leyes de lo justo y de lo injusto? ] (Baudelaire, 1991, p. 514)

En la imperiosa necesidad de la modernidad por la definición y racionalización de todo elemento perceptible, nos lleva a pensar quizás en los más difíciles de expresar como lo son las emociones; la alegría, la tristeza, el amor. Pero todo el mundo ha sido feliz o desgraciado; y los extremos de la alegría lo mismo que aquellos del dolor no les han sido negados a las más toscas y menos melodiosas de las almas. Sentir no supone hacer sensible —y todavía menos: bellamente sensible… (Valéry, 1990, p. 29).

La belleza es algo en extremo sensible, en ella convergen diferentes emociones, no solamente esta relacionada con modelos culturales, también es generadora de diversas reacciones en donde todo lo relacionado con lo bello adquiere por ende la misma definición; existe entonces una búsqueda de la estética, la poesía lírica lo ennoblece todo, incluso el apasionamiento, el movimiento lo trasforma en eternidad y todo lo humano trasciende a lo divino,

La Beauté
Je suis belle, ô mortels! comme un rêve de pierre,
Et mon sein, où chacun s’est meurtri tour à tour,
Est fait pour inspirer au poète un amour
Eternel et muet ainsi que la matière.

Je trône dans l’azur comme un sphinx incompris;
J’unis un coeur de neige à la blancheur des cygnes;
Je hais le mouvement qui déplace les lignes,
Et jamais je ne pleure et jamais je ne ris.

Les poètes, devant mes grandes attitudes,
Que j’ai l’air d’emprunter aux plus fiers monuments,
Consumeront leurs jours en d’austères études;

Car j’ai, pour fasciner ces dociles amants,
De purs miroirs qui font toutes choses plus belles:
Mes yeux, mes larges yeux aux clartés éternelles!

[Soy hermosa, ¡oh, mortales! cual un sueño de piedra, / Y mi pecho, en el que cada uno se ha magullado a su vez, / Está hecho para inspirar al poeta un amor / Eterno y mudo así como la materia. / Tengo mi trono en el azar cual una esfinge incomprendida; / Uno un corazón de nieve a la blancura de los cisnes; / Aborrezco el movimiento que desplaza las líneas, / Y jamás lloro y jamás río. / Los poetas, ante mis ampulosas actitudes, / Que parezco copiar de los más altivos monumentos, / consumirán sus días en austeros estudios; / Porque tengo, para fascinar a esos dóciles amantes, / Puros espejos que tornan todas las cosas más bellas: / ¡Mis ojos, mis grandes ojos, los de los fulgores eternos!] (Baudelaire, 1991, p. 131)

Baudelaire concentra en su poema La Beauté aquellos elementos que trascienden los conceptos de realidad, el sueño, el deseo el entorno adquiere la misma connotación, que claro esta no pertenece al mundo de lo real, aunque de este toma los principales elementos significantes, es el imperio de la metáfora quien permite este conjunto de conexiones, se trata de un hecho general: la metafísica, la moral, e incluso las ciencias, lo han experimentado (Valéry, 1990, p. 19).
Solo el sentir produce la verdadera esencia del arte poético, en él se encuentra el sentir de la estética, que de acuerdo al tiempo en el que habitan se trasforma, Valéry hace clara su elección por el saber del sentir: “Si tuviera que elegir entre el destino de ser un hombre que sabe cómo y porqué una cosa es eso que llamamos «bella», y el de saber lo que es sentir, creo que elegiría la última, con la reserva mental de que este conocimiento, si fuera posible (y me temo que no sea ni tan siquiera concebible), me revelaría enseguida todos los secretos del arte” (p. 45).

“La misma persona puede cambiar de gusto y estilo, quemar a los veinte años lo que adoraba a los diez y seis, no sé qué íntima trasmutación permite deslizar de un maestro a otro el poder de encantar” (p. 27). Estas palabras de Valéry nos llevan al escenario en el que la poética es hija de su época, aunque su significado siempre será madre del tiempo; la esencia misma de la poesía radica en el poder de mezclar lo inmezclable, transgredir las fronteras de la realidad, explotar el sentir independientemente de la época y de la lengua y por ende, no podemos decir entonces nada más allá, de lo inútil que es la poesía para toda persona que en su interior no encuentre un sentido particular que de respuesta a un elemento inexplicable de su ser.

(i) Publicado en La revue deux mondes en junio de 1855.
Baudelaire, C. (1991). Las Flores del mal. (A. Verjat & L. Martínez de Merlo, Eds.). Madrid: Cátedra.
Berman, M. (1989). Todo lo sólido se desvanece en el aire: la experiencia de la modernidad. Mexico: Siglo XXI.
Valéry, P. (1990). Teoría poética y estética. (C. Santos, Trans.). Madrid: Visor.

Jimmy Efraín Morales Roa – 2015

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